miércoles, 16 de febrero de 2022

Rotos

Camino de un lado a otro con la mirada,  anclando los pies en ese hueco de la mente rodeado de momentos inertes. No puedo dejar de buscar una salida segura, sin fracturas ni gritos silenciados. Intento respirar despacio una y otra vez pensando que ese es el único mapa que necesito para conseguir salir de ahí. Pero no funciona y mirar sólo me devuelve oscuridad. Cierro los ojos, siento un cosquilleo por el cuerpo y comienzo a ver. Un pie logra dar un paso al frente y el otro, receloso, hace lo propio, dejando huella sobre esos cartones emocionales del pasado. Esos momentos opacos como un recuerdo que nunca existió. 
Salgo de mi mente y el aire es más limpio. Puedo caminar sin tropezar y respirar sin pensar en la frecuencia de cada respiro. 
Todo parece más sencillo cuando te liberas por un instante de las cadenas internas. No siempre hay que tener los ojos abiertos para ver lo que necesitas ver. A veces, pisar fuerte encima de las limitaciones de la mente te ayuda a encontrar el punto de inflexión que necesitas para poder abrir los ojos sin sentir que te falta el aire. 
La realidad no es el reflejo de un puñado de recuerdos ardiendo ni tu imaginación la manguera que los apague. Simplemente con un suspiro puedes estar en el aquí y ahora. En ese instante presente y fugaz en el que todo es posible. Ese momento en el que puedes tomar el camino que te dé la gana y decidir si abrir o cerrar los ojos, sin imposiciones. Libremente. 
Al final lo único que importa es esa sensación de libertad. Y qué bien sienta ese aire limpio en mi cara.

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